A lo largo de la historia, el derecho a votar estuvo restringido a varones propietarios, alfabetizados o miembros de ciertas confesiones o etnias. La conquista del sufragio universal requirió décadas de lucha social y política. Nueva Zelanda fue pionera al conceder el voto a las mujeres en elecciones parlamentarias en 1893, un hito que se extendió internacionalmente durante el siglo XX.
Los textos constitucionales democráticos consagran comicios regidos por sufragio «universal, libre, igual, directo y secreto». El secreto de voto es una salvaguarda irrenunciable para garantizar que nadie vote bajo coacción patronal, familiar o estatal.